El País
El desierto de Atacama, uno de los ecosistemas más extremos del planeta, se ha convertido en símbolo de una crisis global: la acumulación masiva de residuos textiles. En el norte de Chile, una montaña de ropa abandonada supera ya las 60.000 toneladas y continúa creciendo año tras año, hasta el punto de ser visible mediante imágenes satelitales.
Lejos de tratarse de un fenómeno puntual, este vertedero es consecuencia directa del modelo de consumo de la industria de la moda. Gran parte de las prendas procede de Europa, Estados Unidos y Asia, donde el consumo textil es elevado: cada ciudadano europeo compra de media decenas de kilos de ropa al año y descarta una parte importante.
Muchas de estas prendas llegan a Chile como ropa de segunda mano con la intención de ser revendidas. Sin embargo, una gran parte no encuentra comprador y termina abandonada en zonas cercanas a localidades como Alto Hospicio. Allí, se acumulan sin control en un vertedero ilegal que ya ocupa cientos de hectáreas.
El impacto ambiental es profundo. Los textiles, especialmente los fabricados con fibras sintéticas, pueden tardar hasta 200 años en degradarse, liberando contaminantes en el suelo y el aire. En algunos casos, la quema de estos residuos genera gases tóxicos que afectan tanto al entorno como a la salud de las comunidades cercanas.
Además, el problema no deja de agravarse: cada año siguen llegando miles de toneladas de ropa al país, y una parte significativa acaba en el desierto. Este flujo constante convierte el vertedero en una herida abierta que evidencia los límites del modelo de “usar y tirar” de la moda rápida.
Ante esta situación, organizaciones sociales y ambientales han comenzado a impulsar iniciativas de reciclaje y reutilización, intentando dar una segunda vida a parte de las prendas. Sin embargo, estos esfuerzos aún resultan insuficientes frente a la magnitud del problema.