La Voz de Galicia
El cambio climático en España ya no es una amenaza futura: está redefiniendo el mapa agrícola del país. Según los últimos estudios científicos, las zonas del norte —como Galicia, la cornisa cantábrica y los Pirineos— ganarán potencial productivo en las próximas décadas, mientras que el interior peninsular sufrirá una pérdida progresiva de capacidad para cultivar alimentos.
La clave está en el llamado rendimiento agrícola potencial, un indicador que mide la productividad máxima que permite el clima en cada territorio. Con esta herramienta, los expertos proyectan un escenario claro: España quedará dividida en dos realidades agrícolas muy distintas a lo largo del siglo XXI.
El contraste es evidente. Las regiones del norte, con mayor humedad y temperaturas más suaves, se beneficiarán del aumento térmico. En cambio, amplias zonas del centro y este peninsular verán reducida su productividad agrícola debido al calor extremo, la sequía y la degradación del suelo.
Este fenómeno no es exclusivo de España. En toda Europa, el sur del continente perderá capacidad agrícola, mientras que regiones del norte —como Escandinavia o zonas alpinas— experimentarán mejoras. Sin embargo, los expertos advierten que estas ganancias serán limitadas en términos absolutos.
Los datos globales son contundentes. Actualmente, alrededor del 16% de las tierras cultivables del mundo ya ha perdido más del 10% de su potencial productivo. Además, el 83% de los agricultores se enfrenta a pérdidas por fenómenos climáticos o plagas.
Las previsiones son aún más preocupantes. Entre 2041 y 2060, con un aumento de 2,1 ºC en la temperatura global, hasta el 49% de la población mundial vivirá en zonas agrícolas en declive. Esto no solo afecta a la producción de alimentos, sino también a la estabilidad económica y social de muchas regiones.
Uno de los grandes retos será la adaptación agrícola. Cambiar cultivos, внедar nuevas tecnologías o incluso trasladar la producción serán decisiones inevitables. Sin embargo, no todas las regiones ni agricultores tienen la misma capacidad para adaptarse, lo que podría agravar las desigualdades.
El futuro del campo dependerá, en gran medida, de anticiparse a estos cambios. Entender dónde se pierde productividad y dónde se gana será clave para diseñar estrategias eficaces frente a uno de los mayores desafíos del siglo.
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