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David Gelernter, profesor de informática en Yale, volvió a circular en redes por su crítica al darwinismo y su acercamiento al debate del diseño inteligente. Pero conviene contar bien la historia: Gelernter no es biólogo evolutivo y, en su propio texto Giving Up Darwin, escribió que no podía aceptar el diseño inteligente tal como lo presenta Stephen Meyer, aunque consideraba que planteaba preguntas que no debían cerrarse con desprecio.
Ese matiz importa. No estamos ante “la ciencia demostrando a Dios”. Estamos ante un intelectual conservador, brillante en su campo, entrando en una discusión donde la comunidad científica mayoritaria sigue considerando la evolución por selección natural una base central de la biología moderna.
El diseño inteligente intenta explicar la complejidad de la vida como resultado de una inteligencia diseñadora. Sus defensores evitan nombrar directamente a Dios, pero muchas críticas lo consideran una forma de creacionismo con lenguaje científico. Wired ya describía esta estrategia como una manera de reabrir en las aulas el debate contra la evolución bajo el lema “teach the controversy”.
La pregunta de fondo es legítima: ¿por qué existe un universo capaz de producir vida, conciencia y belleza? La ciencia no humilla esa pregunta. La ordena. Distingue entre lo que puede probarse, lo que puede debatirse filosóficamente y lo que pertenece a la fe.
Creer en un sentido último del universo es una opción espiritual respetable. Pero convertir esa creencia en supuesta ciencia cerrada es otra cosa.
La humanidad necesita pensamiento crítico, no dogmas disfrazados de laboratorio. También necesita humildad: ni la fe debe perseguir a la ciencia, ni la ciencia debe burlarse de toda pregunta espiritual.
El misterio existe.
Pero la respuesta no puede imponerse como prueba.