Marruecos crece un 4,4% al año y mantiene una tasa de inversión cercana al 30% del PIB, de las más altas del mundo. Y aun así, el paro juvenil alcanza el 47%, en un país donde el 41% de la población tiene menos de 25 años.
El contraste se explica por el modelo de desarrollo elegido: grandes infraestructuras como el puerto de Tánger Med, el estadio Hassan II o la alta velocidad conviven con hospitales y escuelas que se deterioran, en una apuesta por la modernización visible frente a la inversión en servicios básicos.
Ese desajuste ya provocó protestas de la generación Z marroquí en 2025, detonadas en parte por la muerte de ocho mujeres en el parto en un hospital de Agadir, un episodio que expuso la distancia entre los grandes proyectos y la realidad de la sanidad pública.
Casi la mitad de las exportaciones marroquíes siguen dependiendo de Francia y España, lo que mantiene al país en una posición económica periférica pese al crecimiento macroeconómico, y explica por qué buena parte de su juventud no ve en ese crecimiento una promesa creíble de futuro propio.
Cuando la espera por reformas estructurales se alarga demasiado, la emigración deja de ser una opción entre otras y se convierte en la alternativa más razonable. Entender esa lógica no explica por sí sola la crisis migratoria en la frontera sur de Europa, pero sí es una pieza que rara vez aparece en la conversación.





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