Donald Trump volvió a atacar al comunismo durante sus discursos por el 4 de julio. Lo llamó “perdedor”, “cáncer” y amenaza para Estados Unidos. La frase más reveladora no fue la más ideológica, sino la más escolar: “Communism is a loser”. Para Trump, todo termina reducido a una categoría de patio de colegio: ganador o perdedor.
No importa si habla de países, rivales, periodistas, migrantes, mujeres, ciudades, guerras o sistemas políticos. Su vocabulario moral es casi siempre competitivo: fuerte o débil, exitoso o fracasado, humillador o humillado. La política se convierte en bullying con bandera. No hay discusión: hay apodos, golpes de pecho y necesidad permanente de degradar al otro.
Eso no significa defender acríticamente ningún régimen que se haya llamado comunista. La historia del siglo XX está llena de autoritarismos, fracasos, burocracias y represiones que merecen crítica seria. Pero Trump no ofrece crítica histórica. Ofrece insulto. Usa “comunista” como etiqueta total para meter ahí a rivales internos, migrantes, progresistas, movimientos sociales y cualquiera que cuestione su poder.
El problema es que esa forma de hablar educa políticamente. Cuando un presidente llama “perdedores” a sus adversarios, enseña a su base que no hace falta entenderlos: basta con despreciarlos. Cuando llama “cáncer” a una ideología, habilita la fantasía de extirpar, expulsar, purgar. Las palabras no son decoración; preparan climas.
Trump mide el mundo como si fuera un ranking de dominación. Por eso desprecia tanto la igualdad: porque la igualdad le quita el placer de poner a alguien debajo.
La democracia necesita conflicto, claro. Pero no puede sobrevivir si el conflicto se convierte en humillación permanente. Pensar no es ganar una pelea de recreo. Gobernar tampoco debería serlo.