Donald Trump volvió a convertir una crisis climática en una pelea de frontera. En medio del humo de los incendios forestales canadienses que afectó a varias ciudades estadounidenses, el presidente acusó a Canadá de “negligencia deliberada” y dijo que Estados Unidos estaba siendo “invadido” por aire “sucio, contaminado e insalubre”.
La frase es absurda, pero no inocente. Presenta el humo como si fuera un ataque extranjero y no como parte de una crisis ambiental cada vez más compartida. El aire no pide pasaporte. Las partículas no se detienen en la aduana. La atmósfera no entiende de discursos nacionalistas.
Trump amenazó incluso con añadir el coste de esa contaminación a los aranceles contra Canadá. Es decir: donde hace falta cooperación climática, propone castigo comercial. Donde hay que hablar de incendios, sequías, temperaturas extremas y gestión forestal, él ofrece una narrativa sencilla: hay un culpable externo y hay que hacerlo pagar.
La realidad es más incómoda. Los incendios forestales se agravan por una combinación de factores: calor, sequedad, gestión del territorio y crisis climática. Canadá tiene responsabilidades, como cualquier Estado ante sus bosques. Pero Estados Unidos también sufre incendios, también emite gases de efecto invernadero y también ha construido durante décadas un modelo económico que acelera el problema.
Convertir el humo en arma diplomática sirve para distraer. Es más fácil acusar al vecino de “invadir” con aire sucio que reconocer que la crisis climática no cabe en la lógica de “nosotros contra ellos”. La contaminación cruza fronteras porque el planeta es común, aunque los discursos de la extrema derecha finjan que cada país respira en una burbuja.
Lo que invade Estados Unidos no es Canadá. Es el futuro climático que gobiernos negacionistas, petroleras y políticos irresponsables llevan años fabricando.