Donald Trump quiere impulsar a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, como próximo secretario general de Naciones Unidas, según publicó The New York Post y recogieron varios medios. La idea parece una sátira escrita después del Mundial, pero encaja demasiado bien con esta época: convertir la diplomacia global en una prolongación del espectáculo.
Infantino no es un técnico neutral que apareció de la nada. Es el dirigente de una FIFA cada vez más cómoda con presidentes, monarquías, megaproyectos, sedes polémicas y fútbol convertido en plataforma de poder. Su cercanía con Trump durante el Mundial 2026 fue visible, hasta el punto de compartir ceremonias, fotos y protagonismo en un torneo que terminó con abucheos al presidente estadounidense durante la entrega del trofeo.
La ONU no es una federación deportiva. Su secretaría general debe lidiar con guerras, hambre, refugiados, crisis climática, derechos humanos y tensiones entre 193 Estados. Pretender que la capacidad de administrar un negocio global como la FIFA equivale a liderar Naciones Unidas revela una idea peligrosa: que todo se reduce a marca, contactos y espectáculo.
Además, el proceso no depende solo del deseo de Trump. El próximo secretario general debe ser recomendado por el Consejo de Seguridad y confirmado por la Asamblea General. Estados Unidos tiene poder de veto, pero no puede convertir la ONU en una oficina más de su red de favores.
El problema no es solo Infantino. Es la tentación de poner organismos internacionales al servicio de amistades políticas y celebridades del poder. Después de un Mundial hipermillonario, Trump parece querer premiar al hombre que mejor entendió su necesidad de aparecer en el centro.
El mundo no necesita una ONU convertida en FIFA. Necesita menos show y más derechos.