Javier Milei volvió a cruzar una línea delicada: convertir una posición geopolítica en una batalla religiosa. En la Conferencia de Latinoamérica de la Fundación Aliados de Israel, celebrada en Buenos Aires, el presidente argentino invocó la figura bíblica de Amalek para hablar del terrorismo, de Irán, de Hamás y de Hezbolá, y sostuvo que “no hay neutralidad posible” en los conflictos que considera existenciales.
El problema no es que un gobernante tenga creencias. El problema empieza cuando un presidente usa símbolos religiosos para blindar una agenda exterior. Porque si la política se presenta como mandato divino, la crítica deja de ser discrepancia y empieza a parecer herejía. Y ahí la democracia se vuelve más frágil.
Milei defendió que América Latina debe alinearse con Israel y llamó a fortalecer vínculos regionales a través de los llamados Isaac Accords, según recogió Buenos Aires Times. También en Madrid había presentado a Israel como “bastión de Occidente” y mezclado capitalismo, religión y política exterior en un mismo discurso ideológico.
Desde una mirada de derechos humanos, el riesgo es evidente: cuando un conflicto se traduce en términos de bien absoluto contra mal absoluto, las víctimas concretas desaparecen. Desaparecen los civiles israelíes asesinados o secuestrados. Desaparecen también las familias palestinas bajo bombas, hambre o desplazamiento. Todo queda absorbido por una narrativa sagrada donde solo importa elegir bando.
Defender a comunidades judías frente al antisemitismo es imprescindible. Pero eso no autoriza a convertir toda crítica a un Estado en odio religioso ni a negar el sufrimiento de otros pueblos.
La política exterior no puede funcionar como púlpito. Menos aún cuando hay vidas civiles en juego. Porque cuando un presidente invoca a Dios para justificar alianzas, la pregunta democrática sigue siendo terrenal: quién muere, quién gana poder y quién queda fuera de la compasión.