No se desmonta un país solo vendiendo empresas. También se desmonta cuando se echa a quienes sostienen laboratorios, reactores, proyectos estratégicos y conocimiento acumulado durante décadas como está ocurriendo con la CNEA.
La Comisión Nacional de Energía Atómica de Argentina atraviesa una nueva sacudida. EconoJournal informó que la CNEA desvinculó a 61 trabajadores contratados de distintas sedes, en medio de un fuerte operativo de Gendarmería en la sede central. Las autoridades sostienen que se trató de contratos no renovados y que no afectó a personal científico estratégico; ATE-CNEA, en cambio, denuncia un proceso de vaciamiento que golpea áreas críticas del desarrollo nuclear argentino.
La discusión no es administrativa. Es política. La CNEA no es una oficina cualquiera. Está vinculada a proyectos como el RA-10, presentado oficialmente como una instalación estratégica para ampliar capacidades nacionales en salud, industria, ciencia y tecnología. El reactor busca fortalecer la producción de radioisótopos, claves para diagnóstico y tratamiento médico.
Por eso cada despido en un organismo científico tiene una consecuencia que no siempre se ve de inmediato. Se pierde experiencia. Se corta formación. Se desalienta a jóvenes técnicos e investigadores. Se instala la idea de que el conocimiento público es gasto, cuando en realidad es una de las pocas herramientas que tiene un país para no depender siempre de otros.
El operativo con Gendarmería alrededor de una institución científica deja una imagen difícil de borrar: mientras el ajuste habla de eficiencia, la ciencia recibe palos, controles e intimidación.
Argentina no necesita menos ciencia. Necesita más salud pública, más energía soberana, más investigación aplicada y más trabajadores formados. Un país que despide conocimiento se vuelve más barato para el mercado, pero más pobre para su gente.
La ciencia no se improvisa cuando hace falta. Se protege antes de que falte.