Entre los escombros de Venezuela, una frase resume la rabia de muchas familias: hacen falta palas, picos, agua, médicos y maquinaria, no más hombres armados mirando desde una esquina.
Tras los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que golpearon la costa norte del país, Reuters informó de al menos 2.295 muertos según cifras oficiales, miles de personas desaparecidas y una respuesta liderada en gran parte por civiles y voluntarios. Muchas víctimas han intentado rescatar a sus familiares con las manos, palas y herramientas básicas.
En La Guaira, una de las zonas más afectadas, vecinos y voluntarios denunciaron que los militares desplegados custodiaban zonas derrumbadas mientras la gente removía toneladas de concreto. Infobae recogió el reclamo de familiares que exigían: “Bajen las armas y tomen las palas”. Según esa crónica, la presión vecinal terminó haciendo que soldados se sumaran a la remoción de escombros.
También se han denunciado restricciones al ingreso de voluntarios. AFP, citada por El Colombiano, describió filas para obtener salvoconductos, quejas de rescatistas y permisos necesarios para entrar a La Guaira. El Gobierno defendió que la entrada debía hacerse de forma ordenada, pero en una emergencia cada hora perdida pesa como una losa.
No se trata de negar la necesidad de coordinación. En una catástrofe, el caos también puede matar. Pero coordinar no puede significar bloquear la solidaridad ni sustituir la ayuda por control político.
Venezuela necesita rescate, duelo y verdad. Necesita que cada vida atrapada valga más que la foto oficial. Necesita que los uniformes sirvan para proteger, no para intimidar.
Cuando una familia cava con las manos, el Estado no puede llegar con fusiles. Tiene que llegar con palas.