CNN
Las redes sociales se han convertido en el nuevo patio de la infancia. Pero no fueron diseñadas como patios. Fueron diseñadas para capturar atención, medir conducta y maximizar tiempo de uso.
Por eso limitar su consumo no es autoritarismo familiar. Es protección. La Oficina del Cirujano General de Estados Unidos advirtió que no puede concluirse que las redes sean suficientemente seguras para niñas, niños y adolescentes, y señaló riesgos asociados a uso excesivo, sueño, autoestima y exposición a contenidos dañinos.
El debate también tiene clase social. Las familias con más recursos suelen tener más margen para poner límites, pagar actividades, acompañar tiempo libre o negociar pantallas. En cambio, muchas familias trabajadoras viven jornadas largas, cansancio y poca conciliación. Ahí el móvil o la tablet aparecen como niñera accesible.
Estudios sobre pantalla e ingresos familiares muestran que los niños de hogares con menos ingresos tienden a pasar más tiempo frente a pantallas. Otro estudio durante la pandemia también encontró asociación entre menores ingresos y mayor tiempo de pantalla infantil.
Esto no sirve para culpar a las familias. Al contrario. Sirve para poner la mira en las plataformas y en la política pública.
Si una empresa gana dinero cuanto más tiempo permanece un menor conectado, hay un conflicto de intereses evidente. El bienestar infantil no puede depender solo del esfuerzo individual de madres y padres agotados.
Necesitamos escuelas con criterio, espacios públicos seguros, deporte, cultura, bibliotecas, conciliación real y regulación de algoritmos diseñados para enganchar.
La infancia no debería ser materia prima de una economía de la atención. No todo lo que entretiene cuida. No todo lo que conecta acompaña.
Defender una infancia sin algoritmos no significa prohibir toda tecnología. Significa ponerla en su sitio.
La pantalla puede ser herramienta. No debe convertirse en jaula.