Fuente EFE
Entre el domingo 21 y el miércoles 24 de junio, España vivió la ola de calor más mortífera registrada en un mes de junio desde 1950. El sistema de monitorización de la mortalidad MoMo, del Instituto de Salud Carlos III, estimó 212 fallecimientos atribuibles al calor en solo cuatro días. Para contextualizarlo: en el mismo periodo de 2025, murieron 98 personas. Este año, el doble.
El lunes 22 y el martes 23 fueron los días más calurosos en España en un mes de junio desde que hay registros: medias de 28,17°C y 28,08°C respectivamente. En el 45% de las ciudades europeas se batieron récords históricos para esta época del año. La organización científica World Weather Attribution vinculó directamente el episodio al cambio climático.
El miércoles fue el día de mayor impacto: 95 de los 212 fallecimientos estimados se concentraron en esa jornada. De las 212 víctimas, 200 eran mayores de 65 años, y de ese grupo, 148 tenían más de 85. No son números abstractos: son personas mayores que vivían solas, en pisos sin climatización, en ciudades diseñadas para otro clima.
En Francia, el balance fue de 40 muertos desde el 18 de junio, incluidos tres niños hallados dentro de vehículos aparcados al sol. Los hospitales de París estuvieron a punto de la saturación.
El Centro Nacional de Epidemiología advierte que los datos son preliminares y hay que esperar una semana para tener cifras más estables. Pero la señal ya está ahí: 380 muertes atribuibles al calor en todo junio, más de la mitad en esta última ola.
España ha mejorado sus sistemas de alerta. Pero los planes de contingencia siguen siendo insuficientes para proteger a quienes más sufren el calor extremo: personas mayores que viven solas, personas sin hogar, trabajadores del campo. El calor mata de forma desigual. Y esa desigualdad también es política.
Cuando el calor mata 212 personas en cuatro días, la emergencia climática deja de ser un debate del futuro. Es el presente. Es ahora.