Fuente EFE
En una jornada diplomática sin precedentes, Israel y el Líbano firmaron el viernes 26 de junio un acuerdo marco de paz, presentado en Washington por el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio junto a los embajadores de ambos países ante la ONU. El embajador israelí, Yechiel Leiter, y la embajadora libanesa, Nada Hamadeh Moawad, pusieron su firma en el documento. Rubio lo calificó como «el primer paso hacia una paz y seguridad duraderas«.
El contexto en que llega este acuerdo es brutal. Desde que comenzó el conflicto, más de 4.000 personas han muerto en el Líbano en ataques israelíes. Al menos 37 soldados israelíes han muerto en combate en suelo libanés. Centenares de miles de libaneses siguen desplazados y comunidades enteras del sur del país han quedado destruidas.
El acuerdo establece los pilares de una eventual paz: la retirada progresiva de las tropas israelíes del sur del Líbano y el desarme de Hezbolá, el grupo político-paramilitar respaldado por Irán que actúa de hecho como un Estado dentro del Estado libanés. Para facilitar la transición, Washington creará un Grupo de Coordinación Militar para el Líbano y aportará 100 millones de dólares en ayuda humanitaria.
Pero hay un obstáculo de peso: Hezbolá no participó en las negociaciones y ya ha advertido que no reconoce el pacto. El grupo solo se considera obligado por acuerdos anteriores y resoluciones de la ONU a desarmarse al sur del río Litani. Aceptar el desarme total en todo el Líbano es, según sus propias declaraciones, algo que no harán.
España tiene más de 600 militares desplegados en el sur del Líbano como parte de la misión UNIFIL de la ONU. La estabilidad de la frontera afecta directamente a su seguridad.
Un apretón de manos en Washington no resuelve décadas de conflicto ni desarma a una milicia que tiene más armamento que el propio ejército libanés. Pero también es cierto que sin ese apretón de manos, la paz es imposible.
El camino es largo. Que haya un primer paso ya es algo.