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Vivimos una paradoja cruel: se habla de seguridad mientras se perfeccionan herramientas capaces de destruirlo todo. El mundo invierte cada vez más en defensa, pero muchas veces esa palabra esconde algo más simple: armas, fronteras militarizadas, misiles y preparación para guerras futuras.
El gasto militar mundial alcanzó en 2025 los 2,887 billones de dólares, según el SIPRI. Fue el undécimo año consecutivo de aumento. Estados Unidos, China y Rusia concentraron juntos el 51% del total global.
La pregunta es incómoda: ¿qué futuro se podría construir con una parte de esos recursos? Cada euro que termina en un misil es una escuela que no se levanta, una investigación médica que se retrasa, una vivienda pública que no llega o una transición ecológica que queda esperando.
El problema no es solo económico. Es existencial. La ONU ha advertido que el riesgo de uso de armas nucleares está en su punto más alto en décadas. Y el Reloj del Apocalipsis, del Bulletin of the Atomic Scientists, fue situado en 2026 a 85 segundos de la medianoche, la posición más cercana al desastre desde su creación.
Mientras tanto, el negocio nuclear sigue creciendo. ICAN calcula que los nueve países con armas nucleares gastaron 118.800 millones de dólares en 2025 en arsenales nucleares, un 19% más que el año anterior.
No hay victoria posible en una guerra nuclear. No habría himnos suficientes, ni banderas, ni discursos capaces de tapar la desaparición de ciudades, especies, cosechas y generaciones enteras.
Por eso el pacifismo no puede ser una palabra blanda. Tiene que ser una presión organizada. Una mayoría inmensa capaz de exigir a los gobiernos que reduzcan el armamento, negocien desescaladas y pongan la vida por encima del negocio militar.
La humanidad debe elegir. O sigue perfeccionando las herramientas de su propio abismo, o invierte en escuelas, salud, agua, ciencia, cuidados y futuro.