España sigue pagando una enorme factura por depender de los combustibles fósiles. Petróleo, gas e importaciones energéticas no solo contaminan: también nos hacen más vulnerables ante guerras, crisis geopolíticas y subidas de precios.
Un informe de la Fundación Renovables y el Instituto Meridiano pone una cifra muy clara sobre la mesa: si España igualara durante un año el ritmo de electrificación de Noruega —con más vehículos eléctricos y más bombas de calor— podría ahorrar entre 1.300 y 1.700 millones de euros en importaciones fósiles.
La propia Fundación compara ese ahorro máximo con el coste de construir y equipar 12 hospitales públicos de última tecnología. Esa imagen ayuda a entender el problema: cada euro que se va en dependencia fósil es un euro que no se invierte en salud, empleo verde, vivienda eficiente o transporte público.
La electrificación no es solo cambiar coches de gasolina por coches eléctricos. También significa sustituir calderas contaminantes por bombas de calor, mejorar edificios, reducir consumo, reforzar renovables y garantizar que los hogares puedan acceder a energía limpia sin quedar excluidos por renta.
El informe identifica tres grandes espacios donde actuar: movilidad, consumo doméstico e industria. También señala que electrificar todo el transporte por carretera permitiría reducir las importaciones de petróleo y gas en un 36%, con un ahorro anual de 16.400 millones de euros.
La transición energética no puede ser un lujo para quien pueda pagarla. Debe ser una política pública de justicia social: menos dependencia, menos contaminación, facturas más bajas y más soberanía energética.
España tiene sol, viento, tecnología y capacidad. Lo que falta es acelerar una decisión política: dejar de quemar dinero en fósiles y empezar a invertirlo en futuro.