En Santo Domingo Petapa, Oaxaca, vecinos y vecinas intentaron hacer lo más básico: rodear árboles para impedir que fueran talados. No eran troncos cualquiera. Eran sombra, memoria del parque, vida cotidiana y defensa mínima frente al calor. Aun así, según las denuncias locales, el alcalde ordenó retirarlos para instalar techos de lámina vinculados a una obra deportiva.
La escena duele porque resume una idea absurda de “progreso”: destruir árboles sanos para construir estructuras que supuestamente mejoran el espacio público. Pero un parque sin árboles no es más moderno. Es más caliente, más duro, más pobre y más hostil para la gente que lo usa.
Los pobladores no protestaron contra el deporte. Protestaron contra una obra hecha sin escuchar, sin transparencia suficiente y sin respeto por el entorno. Cuando una comunidad abraza un árbol, no está defendiendo “decoración verde”: está defendiendo salud, sombra, temperatura, paisaje y derecho a decidir sobre su propio territorio.
En tiempos de crisis climática, talar árboles urbanos debería ser la última opción, no la primera respuesta de una autoridad. Cada árbol perdido aumenta calor, reduce bienestar y rompe un vínculo comunitario difícil de reemplazar con láminas.
El ecocidio local no empieza siempre con una gran empresa minera o una autopista. A veces empieza con una motosierra municipal, un permiso opaco y un alcalde que cree que gobernar es imponer.
Santo Domingo Petapa dejó una imagen clara: cuando el poder llega con máquinas, el pueblo responde con el cuerpo. Porque defender un árbol también es defender la vida que ocurre bajo su sombra.