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La ultraderecha suele hablar en nombre del “ciudadano humilde”. Dice defender al trabajador, al barrio y a la gente común. Pero, cuando se mira de cerca, muchas veces su discurso no protege a las personas pobres: las señala.
Ese mecanismo tiene un nombre claro: aporofobia. La RAE la define como fobia a las personas pobres o desfavorecidas. No es solo rechazo social: es una forma de mirar a quien tiene menos como si valiera menos.
Por eso su xenofobia suele ser selectiva. No molesta igual el extranjero millonario, el inversor de lujo o el futbolista famoso. El problema aparece cuando llega una persona migrante pobre, sin red, sin papeles o sin dinero. Ahí empieza el relato del miedo: “vienen a quitarnos las ayudas”, “vienen a ocupar”, “vienen a vivir de nosotros”.
Es una trampa vieja: enfrentar al último contra el penúltimo.
Mientras una familia trabajadora no puede pagar el alquiler, el discurso del odio le dice que mire al vecino pobre, no al fondo buitre. Mientras sube la cesta de la compra, le dice que culpe al migrante, no a quienes acumulan beneficios. Mientras faltan servicios públicos, le dice que el problema son las ayudas sociales, no los recortes ni los privilegios.
El falso cuento de la meritocracia funciona así: si eres pobre, es porque no te esforzaste. Si estás en la calle, algo habrás hecho. Si necesitas ayuda, eres una carga. Pero la pobreza no es un defecto moral. Tiene que ver con salarios bajos, vivienda imposible, cuidados invisibles, desempleo, salud, origen social y falta de oportunidades reales. EAPN dedica su informe sobre pobreza a cuestiones como desigualdad de rentas, vivienda, empleo, infancia y papel del Estado, porque la pobreza es estructural, no una culpa individual.
Y mientras se señala al pobre, la riqueza se concentra arriba. Oxfam Intermón alertó de que en España el 1% más rico concentra el 23,9% de la riqueza total, mientras la mitad más pobre apenas posee el 6,7%. La misma organización habla de una “meritocracia engañosa” que ofrece culpables fáciles mientras crece la desigualdad.
La seguridad no nace de perseguir pobres. Nace de garantizar derechos: vivienda, empleo digno, sanidad, educación, cuidados y protección social.
Porque una sociedad justa no pregunta cuánto dinero llevas en el bolsillo para decidir si mereces dignidad.