Fuente Diario Vasco
El modelo empresarial tradicional se tambalea ante crisis globales, pero las cooperativas de trabajo asociado están demostrando que la rentabilidad económica y la solidaridad no solo son compatibles, sino que constituyen la fórmula más estable para el empleo. En estos entornos, donde los empleados son los legítimos propietarios, la democracia empresarial transforma el puesto de trabajo en un espacio de dignidad y equidad.
Estudios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) confirman el éxito de este enfoque humanista: las empresas cooperativas registran una mayor tasa de supervivencia, niveles superiores de productividad y garantizan un empleo estable en comparación con las corporaciones convencionales. En lugar de priorizar el beneficio de accionistas externos, el cooperativismo asegura salarios competitivos y un reparto justo de los beneficios directamente entre quienes generan la riqueza.
El referente indiscutible de esta transformación es la Corporación Mondragón, la cooperativa más grande del planeta. Con una facturación de 11.213 millones de euros y un beneficio de 632 millones, este gigante cooperativo sostiene el empleo de más de 70.000 personas. Su éxito radica en anteponer la seguridad humana al dividendo; ante cualquier crisis, la corporación activa mecanismos de reubicación interna, impidiendo los despidos masivos mediante una red de ayuda mutua que salva familias enteras.
El impacto social de este modelo se extiende a sectores tan diversos como la distribución, las finanzas o la industria, con ejemplos emblemáticos como Eroski, Laboral Kutxa o la reconversión de Salcedo Muebles, que ha logrado incrementar su plantilla bajo gestión colectiva. Estas realidades prueban que cuando los trabajadores controlan su destino, se reduce drásticamente la desigualdad y se dispara la motivación. Optar por el cooperativismo es, en definitiva, defender un sistema humano y eficiente donde la economía se pone, por fin, al servicio de las personas.