Venezuela tiene unas 31 toneladas métricas de oro guardadas en las cámaras del Banco de Inglaterra.
Valen actualmente alrededor de 4.000 millones de dólares.
Y Venezuela no puede disponer de ellas.
Conviene corregir una versión que circula en redes: Estados Unidos no confiscó esas 31 toneladas. El oro permanece físicamente custodiado en Reino Unido y lleva años atrapado en una disputa jurídica y política británica.
El conflicto comenzó cuando dos juntas diferentes del Banco Central de Venezuela reclamaron autoridad sobre los mismos activos: una nombrada por Nicolás Maduro y otra vinculada a Juan Guaidó. El caso terminó llegando incluso al Tribunal Supremo británico.
Aunque el escenario político venezolano cambió radicalmente en 2026, el metal continúa sin regresar.
Caracas quiere utilizarlo ahora para reconstrucción y gasto público. Gobierno y oposición han negociado fórmulas para desbloquearlo, con mediación estadounidense. Uno de los planes contempla que EEUU supervise el destino del dinero si finalmente Londres libera las reservas.
Ahí aparece una paradoja difícil de ignorar.
El oro pertenece al Banco Central venezolano.
Está en otro país.
La justicia de ese país decide quién puede ordenarle al banco que lo entregue.
Y una tercera potencia podría terminar supervisando cómo se utiliza.
Los bancos centrales guardan reservas en el extranjero porque los grandes centros financieros ofrecen liquidez y seguridad.
El caso venezolano muestra la otra cara.
Cuando llega una crisis política, custodia puede significar dependencia.





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