Fuente EFE
Mientras Donald Trump insiste públicamente en que la guerra contra Irán avanza según lo previsto, el Pentágono ha optado por un movimiento mucho más elocuente que cualquier discurso: recategorizar a última hora a cuatro soldados fallecidos para que dejen de contar como bajas de la Operación Furia Épica. Con ese simple gesto administrativo, la cifra oficial de militares muertos en la campaña pasa de 18 a solo 14.
El Departamento de Defensa calificó la desaparición de esos cuatro nombres como una «interrupción temporal de los datos», pero la corrección nunca llegó: dos soldados fueron reasignados a la operación contra el ISIS en Irak y Siria, iniciada en 2014, y los otros dos pasaron a un grupo recién inventado llamado «Operaciones en ultramar», que empieza a contar muertos convenientemente a partir del 7 de julio de 2026, justo cuando terminó el último alto el fuego.
La maniobra no es solo cosmética. Estados Unidos ya ha superado, en esta ofensiva, las bajas registradas durante toda la retirada de Afganistán, una cifra que el propio Trump utilizó durante años para atacar a su predecesor. Pero además, el recuento de muertos está directamente ligado a la Ley de Poderes de Guerra: pasados 60 días de operaciones militares sin aval del Congreso, la Casa Blanca necesita autorización explícita del Capitolio. Crear una nueva categoría de bajas permite a la Administración argumentar que el reloj vuelve a cero.
Es, en definitiva, la crónica de un poder que maquilla el coste humano de la guerra para eludir el único contrapeso institucional que podría frenarla. Cuando ni siquiera se puede confiar en el número de soldados muertos, ¿qué queda por creer sobre el resto del relato oficial de un conflicto que ya se prolonga mucho más de lo prometido?