Jo Nagai empezó con una pregunta que podría haber hecho cualquier niño.
Criaba mariposas cola de golondrina en Kobe y observó que algunas permanecían cerca de él después de soltarlas.
¿Podían recordarlo desde cuando eran orugas?
Tenía ocho años cuando escribió a Martha Weiss, entomóloga de Georgetown que había demostrado años antes que ciertas polillas adultas conservaban aprendizajes adquiridos como larvas. Weiss pensó inicialmente que reproducir aquel experimento sería demasiado complejo para un alumno de segundo de primaria.
Jo insistió.
Dos años después presentaba su trabajo junto a científicos.
Y siguió preguntando.
En 2026 presentó ante la Sociedad Ecológica de Japón un experimento todavía más llamativo sobre Papilio xuthus. Entrenó larvas para asociar olor a lavanda con un estímulo desagradable y observó después qué hacían adultos, hijos y nietos.
Los resultados del resumen científico son sorprendentes:
el 70,9% de la primera generación evitó la lavanda.
También lo hizo el 64,8% de sus hijos y el 60% de sus nietos, aunque estos nunca habían recibido aquel entrenamiento.
En el grupo de control, el rechazo fue del 51%, prácticamente azar.
Jo plantea una posible explicación epigenética: cambios en cómo funcionan los genes, sin modificar la secuencia del ADN, podrían transmitir parte de aquella respuesta.
Hay una cautela necesaria.
El trabajo aparece como resumen de un congreso científico, no como un gran estudio independiente ya replicado y publicado en una revista revisada por pares. Hablar de “memorias heredadas” requiere todavía mucha investigación.
Pero una pregunta infantil consiguió llegar hasta un congreso científico.
La ciencia no empezó cuando Jo supo todas las respuestas.
Empezó cuando se negó a abandonar una pregunta.





Deja un comentario