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El Orgullo LGTBI+ se celebra en junio porque en junio de 1969, en el bar Stonewall de Nueva York, personas trans, lesbianas y gays respondieron por primera vez con resistencia a una redada policial. Aquella noche no fue una fiesta. Fue una revuelta. Y medio siglo después, la diferencia entre celebración y reivindicación sigue siendo necesaria.
En 2026, en 64 países del mundo ser homosexual es ilegal. En seis de ellos, puede ser motivo de pena de muerte. En España, donde la Ley de Igualdad LGTBI+ lleva tres años en vigor, persisten desigualdades estructurales documentadas por la FELGTBI+: las personas trans tienen una tasa de desempleo del 80% en algunos estudios, la mayoría de los casos de LGTBIfobia nunca se denuncian por miedo o desconfianza en el sistema, y los jóvenes LGTBI+ siguen siendo el colectivo con mayor riesgo de suicidio entre los menores de 25 años.
La salud mental del colectivo lleva años siendo una emergencia silenciada. Organizaciones como COGAM en Madrid o Ben Amics en Baleares trabajan con recursos insuficientes para atender a jóvenes que sufren rechazo familiar, acoso escolar y soledad. La intervención temprana salva vidas. Y aun así, los presupuestos para estas organizaciones siguen siendo mínimos.
Orgullo significa no pedir perdón por existir. Pero también significa exigir que existir sea seguro, igual y digno para todas las personas, independientemente de su orientación sexual, identidad de género o expresión.
El Orgullo no habrá terminado su trabajo hasta que no haya nada que celebrar por encima de la normalidad. Ese es el objetivo. Todavía queda mucho camino.