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No todo el cristianismo habla con la voz del conservadurismo moral o la alianza con la derecha política. Existe otra tradición, menos visible mediáticamente pero sólidamente presente, que pone la justicia social, los derechos humanos y el amor al prójimo por delante de la rigidez doctrinal. Es el cristianismo progresista, y en 2026 su influencia crece.
Dentro del catolicismo, esta corriente encuentra apoyo en sectores que reclaman una Iglesia más cercana a los márgenes y más alejada del legalismo. El actual pontificado de León XIV ha continuado nombrando obispos de orientación progresista e impulsando la sinodalidad —el principio de que la Iglesia se construye escuchando a todos sus miembros, no solo a la jerarquía—. No es una ruptura, sino una transformación desde dentro: del castigo a la misericordia, del control a la escucha, especialmente en lo que atañe a la pobreza y la ecología.
En el protestantismo histórico, el progresismo está más institucionalizado. Muchas denominaciones han ordenado ya a mujeres y a personas LGTBI+, han adoptado liturgias inclusivas y lideran activamente causas de justicia climática y equidad económica. La Biblia se lee aquí desde una perspectiva crítica y simbólica, rechazando el literalismo fundamentalista que durante décadas sirvió para justificar la exclusión.
En un momento en que los espacios digitales se convierten en refugio de comunidades espirituales que no encuentran su lugar en las iglesias tradicionales, el cristianismo progresista crece precisamente donde más se necesita: entre quienes buscan una espiritualidad sin exclusión.
Fe y justicia no se contradicen. Nunca lo hicieron.