El calor causó 5.807 muertes en España entre el 15 de mayo y el 30 de septiembre de 2026, según el sistema de monitorización de la mortalidad diaria (MoMo) del Instituto de Salud Carlos III. Es la cifra más alta desde que arrancó la serie, en 2015.
Para ponerla en perspectiva: en 2022, hasta ahora el verano más letal, murieron 4.789 personas; en 2025, 3.832; en 2024, 2.012. El dato de este año supera en más de un 51 % al del verano pasado. Agosto fue el peor mes, con 2.162 fallecimientos, seguido de julio, con 2.026.
El perfil de las víctimas es nítido. El 97 % tenía 65 años o más y el 62 % superaba los 85. Por sexo, 3.486 eran mujeres (el 60 %) y 2.321, hombres. Las tasas de mortalidad más altas se registraron en el norte y el nordeste de la península.
Fue, además, un verano fuera de lo común: la AEMET contabilizó cuatro olas de calor, más otra a principios de septiembre, con sequía persistente, grandes incendios y una ola de calor marina en el Mediterráneo occidental. Conviene recordar que MoMo ofrece una estimación de las muertes atribuibles al calor, no un recuento caso a caso.
Detrás de los porcentajes queda una pregunta incómoda: qué parte de esa mortalidad era inevitable y cuál dependía de que una mujer de 85 años pudiera mantener fresca su casa o de que alguien llamara a su puerta. El Instituto de Salud Carlos III insiste en reforzar la vigilancia epidemiológica y las medidas de prevención y adaptación.
El calor extremo no golpea a todos por igual: se ensaña con las personas mayores, y entre ellas, sobre todo, con las mujeres. Adaptarse al clima también es decidir a quién cuidamos.





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