Treinta robots frente a un ministerio para pedir que se proteja el empleo humano.
La escena ocurrió el 7 de septiembre en Varsovia, frente al Ministerio de Asuntos Digitales de Polonia. Robots humanoides bípedos y máquinas cuadrúpedas marcharon, agitaron banderas y reprodujeron consignas como “Defended los puestos de trabajo”, “Es hora de regular” y “No esperéis, regulad”.
Detrás de la protesta estaba la iniciativa Democratism, creada para abrir una discusión pública sobre el impacto de la inteligencia artificial y la robotización en el mercado laboral.
Su organizador, Grzegorz Kuliś, explicó con bastante claridad el motivo de la acción:
“No digo que el Ministerio no esté haciendo nada para regular lo que está ocurriendo con la inteligencia artificial y la robótica humanoide, pero creemos que no está haciendo lo suficiente”.
Kuliś señaló además que quieren abordar especialmente la posible sustitución de trabajadores humanos tanto por robots humanoides como por sistemas de IA capaces de realizar tareas cognitivas.
La protesta consiguió incluso que el ministro polaco de Asuntos Digitales, Krzysztof Gawkowski, saliera a reunirse con los organizadores. El propio ministro reconoció que los modelos de IA no controlados incorporados a robots humanoides representan un problema serio a medida que avance la tecnología.
La paradoja era intencionada.
Los robots no estaban defendiendo sus puestos.
Estaban representando a quienes podrían perderlos.
La OCDE advierte de que la exposición a la IA no significa automáticamente desempleo, pero sí anticipa transformaciones profundas en tareas, habilidades y condiciones laborales, especialmente en ocupaciones rutinarias.
La discusión, por tanto, no es IA sí o IA no.
Es quién establece las reglas antes de que las decisiones tecnológicas se conviertan en hechos laborales consumados.





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