Baleares vuelve a encadenar cifras turísticas extraordinarias.
En julio, los hoteles del archipiélago alcanzaron un 87,4% de ocupación, el porcentaje más alto de España. En Ibiza y Formentera una habitación hotelera costó de media 282 euros por noche, un 13,9% más que el año anterior.
Después el turista sale.
Y entra una Kelly.
Las camareras de piso hacen camas, levantan colchones, limpian baños, empujan carros y preparan nuevamente la habitación para que pueda venderse otra noche.
Kellys Unión Baleares reúne a unas 4.000 trabajadoras. Su presidenta, Sara del Mar García, denuncia plantillas insuficientes, contratos fijos discontinuos y empresas que utilizan el periodo de prueba de 45 días para prescindir de trabajadoras antes de consolidarlas.
El nuevo convenio mejora salarios un 13% en tres años.
Pero la vivienda imposible absorbe parte de ese avance. El alquiler balear dificulta incluso encontrar personal dispuesto a desplazarse desde la península y algunas trabajadoras denuncian alojamientos empresariales en condiciones inadecuadas.
Mientras tanto, la medición efectiva de las cargas de trabajo —una reivindicación destinada a determinar cuántas habitaciones puede limpiar una persona sin destruir su salud— sigue avanzando lentamente y algunos plazos se extienden hasta 2028.
Esta semana las camareras de piso de distintas regiones volvieron a resumir su reivindicación en un manifiesto:
el turismo no puede construirse a costa de la salud laboral.
El visitante ve cama blanca, toallas dobladas y vistas al Mediterráneo.
La industria ve ocupación y rentabilidad.
Las Kellys ven cuántas habitaciones quedan todavía antes de poder sentarse.





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