Una mujer jubilada en España cobra de media 528 euros menos al mes que un hombre en la misma situación: 1.267,48 euros frente a 1.795,65. Es la llamada brecha de género en las pensiones, y aunque ha bajado desde el 40% de 2012, sigue rondando el 29,4%, prácticamente sin moverse en los últimos años pese a más de una década de reformas.
La explicación no está en la voluntad individual, sino en el diseño mismo del sistema. Las mujeres asumen de forma desproporcionada el cuidado de hijos y personas dependientes, lo que se traduce en carreras laborales interrumpidas, menos años de cotización y una presencia mucho mayor en el trabajo a tiempo parcial, todo ello penalizado por un sistema de pensiones pensado para carreras continuas y sin pausas.
La brecha salarial previa alimenta directamente la brecha de pensiones: las mujeres cobran de media 25.591 euros anuales frente a los 30.372 de los hombres, una diferencia del 15,74% que se dispara hasta el 19,39% entre los 55 y 59 años, justo la franja de edad que más pesa en el cálculo final de la pensión.
«El sistema está construido en torno a un trabajador continuo», explica la profesora Paz Menéndez Sebastián, cuyo perfil «no encaja bien con la realidad laboral de las mujeres». Un suplemento pensado en 2021 para reducir esta brecha de género perdió parte de su efecto protector después de que una sentencia europea de mayo de 2025 obligara a extenderlo también a los hombres.
Detrás de cada porcentaje hay décadas de trabajo de cuidados no reconocido ni remunerado, y un sistema que sigue tratando como excepción lo que para millones de mujeres ha sido la norma: parar, cuidar, sostener. Hasta que las pensiones dejen de premiar solo la carrera ininterrumpida, seguirán castigando a quienes sostuvieron, en silencio, todo lo demás.





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