El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, pidió el 23 de agosto a Pedro Sánchez que decretara el confinamiento de Ceuta alegando un «riesgo sanitario», al tiempo que criticaba la ausencia del presidente del Gobierno con una frase cargada de intención: dijo que él «sería incapaz de estar de vacaciones» en esa situación. La petición llega mientras aumentan las llegadas irregulares de personas migrantes al enclave.
La palabra «confinar» no es inocente: evoca directamente los meses más duros de la pandemia y traslada a la opinión pública la idea de un peligro epidemiológico inminente. El problema es que ningún dato sanitario oficial respalda esa alarma. Lo que existe, según fuentes consultadas por medios especializados, es saturación de recursos en los centros de acogida, no un brote identificado.
En Ceuta, organizaciones sociales y sanitarias llevan semanas pidiendo exactamente lo contrario de lo que propone Feijóo: más personal médico, más recursos, más inversión sostenida en una ciudad autónoma que atiende, con medios limitados, a personas que llegan en condiciones de extrema vulnerabilidad, muchas de ellas menores no acompañados.
La propuesta se inserta en un giro discursivo que varios análisis políticos sitúan cada vez más cerca del argumentario de Vox sobre migración: usar el miedo sanitario como herramienta de presión política, en lugar de exigir una gestión migratoria más humana y mejor dotada de recursos.
Mientras el debate se libra en titulares y ruedas de prensa, las personas que llegan a Ceuta siguen esperando atención médica digna en centros desbordados. Confundir gestión migratoria con emergencia sanitaria no solo es inexacto: desvía la conversación de lo único que de verdad resolvería algo, que es invertir en las personas, no en el miedo.





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