La Vuelta a España 2026 ha decidido no arriesgarse: por primera vez en décadas, la carrera no terminará en Madrid. La organización ha trasladado la meta final a Granada y ha diseñado un recorrido que arranca en Mónaco, atraviesa Valencia y Andalucía, y evita deliberadamente tres territorios: Cataluña, País Vasco y la propia Madrid. No es casualidad. El año pasado, manifestantes propalestinos bloquearon varias etapas para exigir la exclusión del equipo Israel Premier-Tech, con pinchazos provocados, caídas de ciclistas y cortes de carretera que llegaron a su punto máximo en la etapa final madrileña, suspendida antes de completarse. La UCI, el órgano que rige el ciclismo mundial, llegó a expresar entonces «su rechazo y preocupación por lo sucedido».
Un año después, la respuesta institucional no ha sido revisar por qué miles de personas salieron a las calles a protestar contra la participación de un equipo vinculado a un país señalado por organismos internacionales por su actuación en Gaza. La respuesta ha sido, literalmente, cambiar el mapa: esquivar Figueres, esquivar Bilbao, esquivar Madrid. Para blindar el resto del recorrido, la organización desplegará 132 agentes de la Guardia Civil, helicópteros, drones y sistemas antidrón, además de restringir el espacio aéreo a solo tres helicópteros autorizados.
Es un despliegue de seguridad pensado, en el fondo, para que una protesta legítima no vuelva a interrumpir una carrera de bicicletas. Pero mover el itinerario no borra lo que ese itinerario intentaba señalar: que una parte importante de la sociedad española no está dispuesta a que el deporte funcione como si nada estuviera pasando en Gaza. Evitar las ciudades que se movilizaron no es neutralidad, es una forma de gestionar la protesta sin tener que responder a ella.
El deporte nunca ha sido un espacio aislado de la política, por mucho que quiera vendérsenos así. Cuando una carrera cambia de recorrido para no cruzarse con quienes protestan por derechos humanos, la conversación que debería darse —sobre qué papel juega el deporte de élite ante un genocidio en curso— vuelve a aplazarse. Esquivar Madrid no resuelve nada: solo pospone la pregunta hasta la próxima etapa.





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