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Astaná, conocida como una de las ciudades más frías del planeta, atraviesa un verano insólito marcado por temperaturas récord que reflejan el avance del cambio climático en Asia Central. La capital de Kazajistán ha registrado ya dos olas de calor extremas en pleno inicio de la temporada estival, alcanzando los 39,5°C, una cifra que supera en cuatro grados el máximo histórico para esa fecha y que confirma una tendencia cada vez más preocupante.
Semanas antes, los termómetros ya habían marcado 36,8°C, otro récord que anticipaba lo que estaba por venir. Lejos de ser un episodio aislado, el calor se ha extendido por todo el país, con picos de hasta 44°C en el suroeste y entre 45°C y 48°C en el sur y sureste. Las autoridades han activado alertas constantes ante unas condiciones que ponen en riesgo la salud de la población.
Los expertos advierten de que este fenómeno no es puntual, sino parte de una tendencia de calentamiento acelerado. Kazajistán se está calentando más rápido que la media mundial, con un aumento significativo de los días por encima de los 30°C y 35°C, lo que incrementa el riesgo de sequías, incendios forestales y estrés térmico.
El impacto va más allá del calor. Los sistemas sanitarios enfrentan una creciente presión, mientras organismos internacionales alertan de que las muertes relacionadas con el calor podrían triplicarse en las próximas décadas si no se adoptan medidas urgentes. A pesar de ello, el país aún no dispone de un sistema completo para medir este tipo de mortalidad ni de un plan nacional plenamente adaptado.
Además, el aumento de temperaturas está afectando a los recursos hídricos. El deshielo acelerado de los glaciares —que ya han perdido entre el 14% y el 30% de su masa— amenaza con provocar en el futuro una grave escasez de agua, afectando tanto al consumo humano como a la agricultura. Esto resulta especialmente preocupante en un país clave para la producción de trigo.
Los expertos coinciden en que la situación irá a peor si no se actúa con rapidez. Las olas de calor más frecuentes y prolongadas, unidas a la falta de adaptación, sitúan a la región ante un escenario de creciente vulnerabilidad climática.