La Generalitat Valenciana cerrará una media de 514 camas hospitalarias este verano, según los datos publicados por elDiario.es. Entre los centros afectados figuran hospitales como La Fe, con 106 camas menos de media, o el Doctor Peset, con 67. Sanidad defiende que son menos cierres que otros años, pero los sindicatos critican que el problema se repite cada verano por no cubrir vacaciones y permisos al 100%.
La cifra no es un dato frío. Una cama cerrada puede significar una urgencia saturada, una operación retrasada, un familiar esperando en un pasillo o un profesional trabajando al límite. En verano, además, las olas de calor aumentan riesgos para personas mayores, enfermos crónicos y población vulnerable.
Y aquí aparece la trampa política conocida: cuando faltan camas, médicos o enfermeras, algunos discursos prefieren señalar a los inmigrantes antes que mirar los recortes, la falta de planificación o la precariedad del personal sanitario. Es más fácil convertir al último que llegó en enemigo que preguntar por qué no se cubren plantillas.
La sanidad pública valenciana no pierde 514 camas por culpa de una familia migrante que va al centro de salud. Las pierde porque la gestión decide cerrar recursos durante meses y normaliza que el sistema funcione con menos. El problema no es quién se sienta en la sala de espera. El problema es quién vacía la planta.
Defender la sanidad pública exige dejar de usar chivos expiatorios. Una cama menos no se arregla con xenofobia. Se arregla con contratación, planificación, inversión y respeto a quienes sostienen el sistema.