Fuente Plasson&Bartleboom
El escritor y exconcejal de Madrid Guillermo Zapata se estrena en el género de terror con Animales de costumbres (Editorial Plasson e Bartleboom, 2026), una novela ambientada en una urbanización aislada, Valleluz, donde un gas tóxico obliga a vivir bajo cúpulas de filtrado mientras el clasismo y la falta de empatía contaminan todas las relaciones humanas. El punto de partida es el asesinato de un perro, tratado con la misma gravedad que la muerte de una persona, una decisión narrativa que Zapata reconoce deliberadamente perversa.
Entre los personajes sospechosos está Evelyn, una trabajadora doméstica alérgica al perro de la familia para la que trabaja, un dilema inspirado en una anécdota real que, según el autor, «articula toda una serie de cuestiones relacionadas con la clase y con la incapacidad de encontrar soluciones que no pasaran por el clasismo o la exclusión». Evelyn, explica Zapata, representa «un faro de dignidad» frente a una comunidad atravesada por violencias de clase que sus propios habitantes no logran ni quieren nombrar.
Preguntado por su experiencia política, Zapata traza una distinción que resulta especialmente reveladora en el contexto actual: «la novela no tiene que dar soluciones, mientras que la política tiene que proponer todo el rato herramientas concretas». Frente al proyecto de la extrema derecha de imponer «una imagen homogénea del mundo, muy estrecha», el escritor reivindica la necesidad de asumir la complejidad social sin renunciar a identificar problemas comunes: «necesitamos unir lo que está separado y separar lo que se presenta como homogéneo».
La novela también retrata sin condescendencia a los adolescentes de la urbanización, presentados como una generación desamparada a la que el mundo adulto trata con sospecha por el mero hecho de tener códigos distintos. Zapata conecta este adultocentrismo con el tema central del libro: qué ocurre cuando la empatía, en lugar de sostenerse pese a las diferencias, simplemente se apaga ante quien no encaja en lo esperado.
Pese a adentrarse en el terror, un género «entregado a lo oscuro, a lo que falla, a las cosas que salen mal», Zapata insiste en que su compromiso sigue siendo escribir desde la esperanza, sin que ello implique esquivar la dureza del presente. Su reflexión final resulta especialmente pertinente para cualquier proyecto cultural comprometido: «escribir o producir cultura nos compromete y genera vínculos, queramos o no. Y obviar eso me parece problemático».