Martes, 25 de agosto de 2026
Internacional · Sociedad

El campéon de surf descalificado por elegir compartir la ola con su amigo parapléjico

Martín Passeri no necesitaba demostrar nada. Ya era uno de los grandes nombres del surf argentino, campeón nacional varias veces y referente de Mar del Plata. Pero en 2015, durante una competencia en el Campeonato Nacional, eligió una victoria que no entraba en ninguna planilla: ayudó a Nicolás Gallegos, un amigo parapléjico, a volver a surfear una ola. La historia se viralizó como una “descalificación” ejemplar; algunas fuentes posteriores matizaron que no habría sido una sanción formal, sino una decisión deportiva que lo dejó fuera de la pelea competitiva. El fondo, igual, no cambia: Passeri eligió la inclusión antes que el resultado.

Nicolás había quedado parapléjico tras un accidente a los 18 años y soñaba con volver al mar. Passeri lo llevó sobre su tabla, sostenido a su espalda, en plena jornada de competencia. No fue una postal de lástima. Fue una escena de amistad, riesgo compartido y deporte entendido como derecho al disfrute, no como territorio exclusivo de cuerpos normativos.

Hay algo profundamente político en esa ola. Porque la inclusión real no consiste en invitar a mirar desde la orilla. Consiste en adaptar el juego para que alguien pueda entrar al agua. No es caridad. Es presencia. Es decir: este espacio también te pertenece.

El deporte de alto rendimiento suele medirlo todo: puntos, rondas, medallas, patrocinadores, cámaras. Pero hay momentos que rompen la tabla de posiciones. Passeri lo explicó con una frase que vale más que cualquier trofeo: fue “la mejor ola” y “el mayor triunfo” de su vida.

No ganó una manga. Ganó coherencia. Y recordó algo que demasiadas instituciones deportivas olvidan: la grandeza no siempre está en llegar primero, sino en no dejar a nadie fuera del mar.

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