Foto: CEDOC
Adrián Ravier debutó como nuevo vocero presidencial de Javier Milei con una frase que resume demasiado bien el corazón del ajuste: si el gas está caro, habrá que abrigarse más.
En su primera conferencia de prensa, Ravier defendió la suba de tarifas y dijo que los servicios públicos deben volver a precios que cubran costos. Lo explicó con crudeza: “te tengo que duplicar el gas, te tengo que duplicar el agua, te tengo que duplicar el costo de la electricidad”. Después agregó que, ante el aumento, algunas familias dirán: “ahora que está más caro el gas, voy a tratar de abrigarme más que de prender el gas”. También sostuvo que cada individuo, como principal beneficiario del servicio, debería pagar la tarifa.
La frase no es solo una torpeza comunicacional. Es una forma de mirar la vida. Convierte un derecho básico, calefaccionar una casa en invierno, en una decisión individual de consumo. Como si todas las familias partieran del mismo lugar. Como si una persona mayor, un bebé, alguien enfermo o una familia trabajadora pudieran resolver una factura impagable con una manta más.
El Gobierno habla de “sinceramiento”. Pero la pregunta es sincera también: ¿qué pasa cuando el salario no acompaña? ¿Qué pasa cuando la tarifa sube más rápido que el ingreso? Ravier incluso reconoció que los aumentos tarifarios superan la inflación mes a mes.
“No hay almuerzo gratis”, repiten. Pero siempre parece pagar la misma mesa: jubilados, trabajadores, familias de bajos ingresos, pequeños comercios e industrias que no pueden apagar el frío ni parar el costo de la energía.
El gas no es un lujo. Es salud, abrigo, cocina, higiene y dignidad cotidiana.
Un Estado no está solo para equilibrar planillas. También está para evitar que la gente tenga que elegir entre comer, pagar la luz o pasar frío.
Cuando una política pública termina recomendando abrigo como respuesta social, el problema no está en la manta.
Está en el «modelo».