Abelardo de la Espriella será el nuevo presidente de Colombia. El Consejo Nacional Electoral confirmó su victoria por un margen menor al 1% frente a Iván Cepeda, en una elección que deja al país profundamente dividido. El País lo define como un abogado ultraderechista que llega a la Casa de Nariño con una estética de mano dura, patria, religión y guerra cultural.
Su triunfo no aparece aislado. Forma parte de un clima regional donde la ultraderecha avanza mezclando miedo, seguridad, espectáculo y promesas de castigo. De la Espriella ha tomado ideas de Milei, Bukele, Bolsonaro, Uribe y Trump: recortar el Estado, construir megacárceles, aumentar el poder militar, atacar organismos internacionales y presentar la política como una batalla contra enemigos internos.
Ahí está la alarma. En Colombia, llamar “enemigo” al que piensa distinto no es una frase cualquiera. Es un país marcado por décadas de violencia política, desplazamiento, persecución y asesinatos. La democracia no se rompe solo con tanques. También se erosiona cuando el adversario deja de ser alguien con quien se discute y pasa a ser alguien que debe ser aplastado.
De la Espriella ha hablado de “destripar” a la izquierda, según recogió El País. Cambio Colombia también analizó su discurso como una política del “nosotros” contra “comunistas”, “zurdos” y “bandidos”, donde el miedo y la rabia cohesionan a sus seguidores.
La preocupación no termina ahí. La figura de la mujer también queda bajo tensión cuando un dirigente normaliza comentarios sexuales, bromas de macho alfa y gestos de humillación. Una jueza ordenó a De la Espriella retractarse y disculparse por expresiones hacia una periodista durante una entrevista; el fallo señaló vulneración de derechos como igualdad, dignidad y vida libre de violencias basadas en género.
No hablamos de un fenómeno exclusivo del suelo colombiano. Se trata de una ola que convierte la convivencia democrática en ring, la seguridad en excusa y los derechos en obstáculo.