Fuente: Tiempo
En Veracruz, junto a las vías del tren, un grupo de mujeres convirtió un gesto sencillo en una lección universal de solidaridad. Se llaman Las Patronas y desde 1995 preparan comida y agua para personas migrantes que cruzan México sobre el tren conocido como La Bestia, una de las rutas más duras y peligrosas hacia el norte.
La escena se repite desde hace casi tres décadas: arroz, frijoles, tortillas, botellas de agua y brazos extendidos. El tren no se detiene. Las personas migrantes viajan muchas veces cansadas, con hambre, con miedo, aferradas al metal. Ellas corren junto a los vagones y lanzan bolsas de comida como quien entrega algo más grande que alimento: un mensaje de humanidad.
Las Patronas nacieron de una reacción casi doméstica. Según el relato recogido por El País, todo comenzó cuando unas mujeres compartieron pan y leche con migrantes hambrientos que pasaban en el tren. Leonila Vázquez, conocida como doña Leo y una de las fundadoras, convirtió aquel gesto en una tarea diaria junto a sus hijas y vecinas. En 2024, la organización ayudó a más de 6.000 migrantes, según el mismo medio.
Lo poderoso de Las Patronas no está solo en la comida. Está en la figura de la mujer cuidadora, no como destino impuesto, sino como fuerza política y humana. Una maternidad social: mirar al desconocido con hambre y tratarlo como hijo de alguien, como hermano de alguien, como una vida que merece llegar entera al día siguiente.
Frente al discurso que convierte al migrante en amenaza, ellas responden con agua. Frente a las fronteras que endurecen el corazón, ellas preparan arroz. Frente al miedo, el cansancio y la persecución, ellas sostienen una verdad simple: nadie debería atravesar un país con hambre.
Amnistía Internacional ha descrito el viaje migrante por México como uno de enorme riesgo, marcado por secuestros, violencia, abusos y explotación de quienes se desplazan en situación vulnerable. Por eso cada bolsa entregada al paso de La Bestia no es caridad pequeña. Es defensa de la vida.
Las Patronas recuerdan que la solidaridad no siempre empieza en un despacho ni en una gran campaña. A veces empieza en una cocina, con mujeres que escuchan un tren, llenan bolsas y deciden que ningún ser humano debe pasar de largo como si no importara.