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Donald Trump volvió a cargar contra España por su papel en la OTAN y lo hizo con una frase que sonó menos a desacuerdo entre aliados que a amenaza imperial. Según Anadolu, Trump dijo que los españoles son miembros de la OTAN, “pero no muy buenos miembros”, que “no se están portando bien” y que “aprenderán”. Después enlazó esa advertencia con la guerra hispano-estadounidense de 1898 y habló de Cuba, Guam, Filipinas y Puerto Rico como si fueran trofeos de una vieja victoria.
La escena es grave por dos motivos. Primero, porque Trump trata a un país aliado como si fuera un subordinado que debe obedecer. Segundo, porque usa como referencia histórica uno de los momentos más claros del expansionismo estadounidense: la derrota de España en 1898 y el inicio de una nueva etapa imperial de Estados Unidos.
Conviene precisar la historia. Estados Unidos no “se hizo” formalmente con Cuba del mismo modo que con Puerto Rico, Guam o Filipinas. El Tratado de París obligó a España a renunciar a Cuba y a ceder Puerto Rico, Guam y Filipinas a Estados Unidos. Cuba quedó bajo ocupación militar estadounidense y luego bajo una independencia condicionada por la Enmienda Platt, que permitió a Washington intervenir en la isla.
Ese matiz importa porque desmonta la bravuconería. No fue una lección democrática. Fue un cambio de amo imperial para pueblos que ya luchaban por su propia libertad.
Cuando Trump dice que España “aprenderá”, no habla como socio de una alianza defensiva. Habla como dueño de un garrote. Como si la OTAN fuera una factura que Europa debe pagar y no una organización entre Estados soberanos.
España puede debatir su gasto militar, su papel en la OTAN y sus bases con Estados Unidos. Pero no desde la obediencia colonial.
Si un presidente estadounidense necesita recordar 1898 para presionar a España, el problema ya no es solo militar. Es de memoria, soberanía y dignidad democrática.