Fuente Corporativo Eroski
¿Es posible transformar el tejido empresarial en un ecosistema más humano sin perder un ápice de eficiencia? La respuesta no está en teorías abstractas, sino en una realidad tangible que gana terreno en la economía social: las cooperativas de trabajo asociado. Este modelo, en el cual los propios empleados asumen la propiedad de la empresa, está demostrando una resiliencia y una equidad extraordinarias frente a las sacudidas del mercado convencional.
No se trata de una percepción subjetiva. Diversos informes de la OIT confirman que estas organizaciones poseen una mayor tasa de supervivencia, productividad y empleo estable que las corporaciones tradicionales. Al situar a las personas en el centro, consiguen distribuir los beneficios de forma equitativa y mantener salarios competitivos, demostrando que la rentabilidad económica y la justicia social pueden caminar de la mano.
El máximo exponente global de este éxito lo encontramos en la Corporación Mondragón. En 2024, esta red cooperativa facturó 11.213 millones de euros y dio empleo a más de 70.000 personas, generando unos beneficios de 632 millones de euros. Su clave diferencial radica en la solidaridad intercooperativa: cuando una rama sufre el golpe de una crisis, el sistema activa la reubicación interna del personal, blindando los puestos de trabajo en lugar de recurrir al despido masivo.
Experiencias consolidadas como Eroski o Laboral Kutxa, junto a reconversiones exitosas como la de Salcedo Muebles —que ha logrado expandir su plantilla de forma democrática—, nos recuerdan que otra forma de hacer empresa es viable. Como ciudadanos, apoyar y elegir cooperativas es una vía directa para fomentar una riqueza colectiva y sostenible. Cuando democratizamos los espacios de trabajo, no solo transformamos la economía; construimos una sociedad mucho más cohesionada.