Fuente El Diario
En una ciudad donde la palabra «frontera» domina cada conversación, Narjisse ha convertido su casa en refugio. Cruzó a Ceuta con 17 años, sola, y hoy, ya adulta, dedica buena parte de su tiempo a acoger y alimentar a jóvenes marroquíes que llegan en las mismas condiciones en las que llegó ella. Su casa funciona como un punto de apoyo informal en una ciudad donde los recursos oficiales para menores y jóvenes migrantes resultan insuficientes.
Hace unos días, uno de esos jóvenes a los que ayuda, Abselam, decidió cruzar de nuevo la frontera hacia Marruecos. Narjisse no se quedó esperando noticias: viajó hasta el perímetro fronterizo para comprobar con sus propios ojos que había regresado sano y salvo. «No podía quedarme tranquila sin verlo cruzar», explica en el relato recogido este fin de semana. Ese gesto, aparentemente pequeño, resume el tipo de red de cuidado que sostiene a muchos jóvenes migrantes en Ceuta cuando las instituciones no llegan a tiempo o no llegan en absoluto.
La ciudad autónoma vive estos días una nueva fase de tensión migratoria, con cientos de personas llegando a nado o en pateras y un dispositivo estatal desbordado. En ese contexto, historias como la de Narjisse contrastan con la lógica de control y contención que domina el discurso institucional. Mientras las autoridades hablan de «flujos» y «operativos», vecinas como ella hablan de nombres propios y de acompañamiento.
Organizaciones sociales que trabajan en la zona llevan años señalando que la atención a la infancia y juventud migrante depende en una parte excesiva de la sociedad civil y de personas concretas dispuestas a implicarse, sin que exista un refuerzo estructural suficiente por parte de las administraciones. La historia de Narjisse no es una excepción aislada, sino la muestra de una red de solidaridad vecinal que, silenciosamente, sostiene lo que el Estado no cubre.