Fuente: El Salto
Más de 150 pisos turísticos amanecieron señalados en Madrid con cajetines de llaves saboteados y pintadas contra la turistificación. La imagen es llamativa, pero el problema de fondo no cabe en una cerradura rota: una ciudad donde la vivienda se ha convertido en negocio antes que en derecho.
Dañar cajetines no puede presentarse como una solución. Pero tampoco sirve mirar la escena como si hubiera surgido de la nada. En barrios como Lavapiés, Tetuán, Latina, Carabanchel o Vallecas, muchos vecinos llevan años viendo cómo pisos antes habitados se transforman en alojamientos turísticos, cómo los alquileres suben y cómo la vida cotidiana se vuelve cada vez más difícil.
Cuando el mercado inmobiliario funciona sin control suficiente, el conflicto no desaparece: se desplaza. Primero sube el alquiler. Después se vacía el edificio. Luego cambia el comercio del barrio. Y finalmente la tensión aparece en el portal.
La turistificación no va sola. Forma parte de un modelo más amplio donde fondos de inversión, grandes propietarios y plataformas digitales tratan la vivienda como un activo financiero. Para el mercado, una casa puede ser rentabilidad. Para una familia, es arraigo, escuela, cuidados, vecindario y futuro.
Por eso la pregunta no es solo quién puso pegamento en un cajetín. La pregunta es por qué tantos barrios sienten que nadie protege su derecho a quedarse.
Una política pública seria no puede limitarse a perseguir la rabia cuando estalla. Tiene que llegar antes: regular los pisos turísticos, inspeccionar las viviendas ilegales, limitar los abusos del alquiler, frenar la especulación y defender el uso residencial de los barrios.
Porque cuando el Estado no interviene para garantizar derechos, el mercado impone sus reglas. Y cuando el mercado impone sus reglas durante demasiado tiempo, la convivencia se rompe por abajo.
Los cajetines dañados son la imagen viral.
La crisis de vivienda es el mensaje que Madrid lleva años dejando escrito en sus fachadas.