
Interfaz cerebro-computadora
Mientras en nuestros pequeños mundos nos preocupa el precio de los huevos, en las grandes esferas se habla de neuroderechos. Y es que, el desarrollo tecnológico es mucho más rápido de lo que los ciudadanos de a pie somos capaces de integrar.
Algunas personas de esas esferas (como Elon Musk y su empresa Neuralink Corporation) están ya experimentando con interfaces entre cerebro y computadoras que nos muestran que ser cyborgs es ya una realidad.
Otras voces entendidas en la temática sostienen que en pocos años, diademas y gorras portátiles conectados directamente a nuestro cerebro, podrán sustituir a los teléfonos móviles conectándonos a internet sin necesidad de escribir, leer o escuchar.
Este nivel de desarrollo neurotecnológico posiblemente permitirá modificar la actividad cerebral, facilitando o inhibiendo la formación de nuevas memorias, emociones y decisiones.
En esta perspectiva se posiciona la propuesta Cognify del biólogo molecular Hashem Al-Ghaili, que tiene como objetivo utilizar la estimulación magnética transcraneal de alta resolución para rehabilitar criminales y pacientes con estrés postraumático modificando sus memorias emocionales.
Sin embargo, la finalidad principal podría ser prever los deseos de consumo así como clasificar social y políticamente a las personas.
En ese futuro, el concepto de intimidad personal dejaría de existir y pensar de una determinada manera en un momento en concreto, podría suponer ser castigado por el sistema.
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Legislación para evitar la pérdida de intimidad e identidad
Personas que trabajan este ámbito, ya han alertado acerca de los peligros que puede conllevar un desarrollo neurotecnológico no regulado y proponen cinco neuroderechos básicos: el derecho a la privacidad mental, el derecho a la identidad personal, el derecho al libre albedrío, el derecho al aumento de la neurocognición y el derecho a la protección de sesgos.
En este sentido, en 2024, el estado de Colorado ha sido el primero en Estados Unidos en modificar la definición de «datos sensibles» de la actual ley de privacidad personal para incluir los datos biológicos y “neuronales” generados por el cerebro, la médula espinal y la red de nervios que transmite mensajes por todo el cuerpo.
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