Rocambole
¿Puede alguien decirme, me voy a comer tu dolor? Esa pregunta resume una parte enorme del lugar que ocupó el Indio Solari en la cultura popular argentina: no fue solo un cantante, fue una voz que acompañó a quienes sentían que el país les hablaba de lejos.
Carlos Alberto “Indio” Solari murió este viernes a los 77 años en su casa de Parque Leloir, tras años conviviendo con Parkinson, según informaron medios argentinos como La Nación y Página/12. Fue fundador y voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una de las bandas más influyentes del rock latinoamericano.
Pero reducirlo a “leyenda del rock” se queda corto. El Indio comenzó en los márgenes, lejos de la industria dócil y de los grandes vitrales televisivos. En los años noventa, cuando el neoliberalismo prometía modernidad mientras expulsaba trabajadores, jóvenes y barrios enteros hacia la intemperie, Los Redondos se convirtieron en refugio, contraseña y comunidad.
Sus letras no eran consignas fáciles. Eran oscuras, filosas, llenas de imágenes políticas: poder, represión, dinero, obediencia, violencia policial, derrota, deseo y supervivencia. No decían al oyente qué pensar; lo obligaban a sospechar.
Ahí estuvo una de sus implicancias más profundas: el Indio hizo política sin convertir la canción en panfleto. Construyó una épica popular donde los rotos, los perseguidos, los que quedaban afuera del reparto, podían reconocerse. La comunidad ricotera creció así: de boca en boca, de viaje en viaje, de recital en recital, hasta volverse una forma de pertenencia colectiva.
También hubo sombras, tragedias y debates. El fenómeno redondo nunca fue inocente ni simple. La muerte de Walter Bulacio, detenido por la policía tras un recital en 1991, quedó unida para siempre a esa historia y al vínculo entre rock, juventud y represión estatal.
El Indio se va, pero deja algo más que canciones. Deja una pregunta política que sigue abierta: qué hace una sociedad con los que no encajan.
Y durante décadas, miles respondieron lo mismo: hacer comunidad.