Imagen generada con IA.
Durante el Congreso Económico Argentino, Javier Milei defendió un ejemplo extremo de su concepción del mercado: dijo que una empresa podía contaminar un río “todo lo que quiera” mientras sobrara agua y su precio fuese cero. Después argumentó que, cuando escaseara, aparecería alguien dispuesto a apropiarse económicamente del recurso y entonces surgirían incentivos para cuidarlo.
En redes, el discurso terminó mezclado con imágenes de Los Simpson: el señor Burns disfrutando del agua mientras Springfield afronta las consecuencias y personajes como Moe sobreviven a situaciones cada vez más absurdas.
La comparación funciona porque el mercado manda primero y la necesidad humana aparece después.
El problema económico también existe fuera de Springfield. La contaminación es precisamente uno de los ejemplos clásicos de “externalidad”: una empresa puede obtener beneficios mientras traslada a otras personas el coste de enfermar, limpiar un río o perder un ecosistema. La propia OCDE utiliza la contaminación ambiental como ejemplo de fallo de mercado.
Por eso el agua queda después cuando se pretende que el precio resuelva por sí solo aquello que previamente permitió destruir.
Milei planteaba que la escasez generaría incentivos económicos. Pero la escasez crea negocio precisamente cuando un recurso imprescindible deja de estar disponible para todos.
Y el agua no es una mercancía cualquiera. Naciones Unidas reconoce desde 2010 el acceso al agua potable y al saneamiento como un derecho humano esencial.
La “mano invisible” puede organizar mercados.
No respira, no tiene sed y no necesita beber.
Cuando los derechos pagan siempre, esperar a que la contaminación convierta el agua en un negocio no es libertad económica.
Es permitir que el problema madure hasta que alguien pueda cobrar por la solución.
El señor Burns al menos era una caricatura.