Michael Phelps tiene 28 medallas olímpicas. Veintitrés son de oro.
Y no quiere que sus cuatro hijos sigan el mismo camino.
“No quiero que mis hijos naden”, dijo en una entrevista con WHOOP. No estaba rechazando el agua ni el deporte. Hablaba de la natación competitiva que vivió durante más de dos décadas dentro del sistema estadounidense.
Phelps contó que nunca sintió que los deportistas fueran realmente la prioridad.
Recordó, por ejemplo, que antes de Pekín 2008 acudió a recibir tratamiento físico y se lo negaron pese a que había terapeutas disponibles. Su pregunta actual es sencilla: si eso podía ocurrirle al mayor campeón de la selección, ¿qué recibía un nadador sin fama?
Pero el daño que describe es también personal.
Durante años padeció depresión y ansiedad. Ha explicado que llegó a mirarse al espejo y no reconocerse como alguien con emociones, sino únicamente como el hombre de las gafas, el gorro, los récords y las medallas.
Ese es un coste psicológico que los podios normalmente no muestran.
Phelps debutó en unos Juegos con 15 años. El mundo lo vio ganar, batir récords y convertirse en el deportista olímpico más laureado de la historia.
Él recuerda también todo lo que hubo detrás.
Por eso decir que no quiere esa vida para sus hijos no rebaja ninguna de sus medallas.
Hace algo más difícil:
contar cuánto costaron.





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