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En un Mundial atravesado por la guerra, la selección de Irán no llega solo con una pelota. Llega también con una memoria incómoda: la de las niñas y niños muertos en el ataque contra la escuela primaria Shajareh Tayyebeh, en Minab, al sur del país.
El gesto que volvió a circular estos días nació antes del torneo: durante un amistoso contra Nigeria en Turquía, los jugadores iraníes salieron con brazaletes negros y sostuvieron mochilas escolares rosas y moradas durante el himno. Según Reuters, fue una decisión colectiva del equipo para expresar solidaridad con las víctimas del bombardeo.
La cifra exacta varía según las fuentes. AP informó de más de 165 personas muertas, en su mayoría niños, y señaló que el ataque fue probablemente lanzado por Estados Unidos, aunque ni Washington ni Israel asumieron responsabilidad y el ejército estadounidense dijo estar investigando. Amnistía Internacional, por su parte, fue más contundente: declaró que Estados Unidos es responsable de un ataque ilícito contra una escuela en Minab que mató a 156 personas, entre ellas 120 niños y niñas, y pidió rendición de cuentas.
Ahora, con Irán instalado en Tijuana para disputar el Mundial, el símbolo vuelve a pesar. El País informó que la selección llegó a México tras obstáculos burocráticos y restricciones impuestas por Estados Unidos, con permisos muy limitados para entrar y salir del país solo los días de partido. Cadena SER recogió la denuncia iraní de que los jugadores tendrían visados de apenas 24 horas para jugar en suelo estadounidense.
El fútbol no puede reparar una escuela destruida. Pero puede impedir que el mundo mire hacia otro lado.
Las mochilas no son propaganda vacía si nos obligan a recordar lo esencial: en toda guerra, los cuerpos más desprotegidos suelen ser los primeros en pagar. Niñas, niños, maestras, familias. Vidas que no caben en un marcador.
Un Mundial digno no debería borrar ese dolor bajo himnos, patrocinadores y cámaras. Debería recordarnos que ningún espectáculo deportivo vale más que una infancia.