Fuente UNICEF
Una semana después del doblete sísmico que devastó el norte de Venezuela, la emergencia humanitaria tiene un rostro que los partes oficiales de víctimas no reflejan: el de las niñas que duermen hacinadas en albergues temporales sin baños separados, sin espacios seguros y con madres que tienen miedo de cerrar los ojos por la noche.
La ONG Plan International lo documenta con un testimonio que hiela la sangre. «En los albergues, básicamente está todo el mundo junto: hombres, mujeres, niñas y niños. No hay servicios sanitarios separados», denuncia Geraldine Gómez, consultora de la organización en Venezuela. «En uno de los albergues conocí a dos mujeres de una misma familia que se turnan para descansar: tienen dos colchonetas juntas y, mientras una cuida a los niños, la otra duerme. Una de ellas me contó que a veces tiene miedo de quedarse dormida, porque teme que se lleven a su hija, y que ni siquiera puede dejar que su niña vaya sola al baño.»
Según estimaciones de UNICEF, 680.000 niños y niñas se encuentran entre las 1,8 millones de personas que necesitan asistencia humanitaria en Venezuela tras los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5. Y 3,9 millones de menores viven en las zonas directamente afectadas. Los hospitales operan por encima de su capacidad. Las escuelas convertidas en refugios han dejado de ser espacios de aprendizaje y protección. Miles de familias no tienen acceso a agua potable.
Plan International exige a las agencias civiles y gubernamentales que implementen de forma urgente espacios seguros diferenciados, programas de apoyo psicosocial, prevención de la violencia de género, reunificación familiar y continuidad educativa. No como un deseo, sino como una obligación en cualquier respuesta humanitaria que se tome en serio a la infancia.
En las catástrofes, las niñas siempre pagan un precio doble. El de la tragedia común y el de la violencia que aprovecha el caos para hacerse invisible. Nombrarla es el primer paso para combatirla.