Jueves, 1 de octubre de 2026
Internacional · Tecnología

Del acero al silicio: la nueva desigualdad puede estar entre quienes controlan la IA y quienes solo pueden utilizarla

Imagen generada con IA.

Hubo épocas en las que el poder económico dependía enormemente de quién tenía fábricas, ferrocarriles, petróleo o capacidad industrial.

Después, el poder militar convirtió determinadas tecnologías estratégicas en instrumentos de influencia internacional.

Ahora aparece una nueva infraestructura: inteligencia artificial, chips avanzados, centros de datos, electricidad y modelos capaces de procesar cantidades inmensas de información.

Y no están repartidos por igual.

El World Development Report 2026 del Banco Mundial advierte de que el control de modelos avanzados, chips y grandes centros de datos por unas pocas empresas y países puede generar nuevas dependencias internacionales.

El cómputo importa.

UNICEF señala que en 2024 más del 80% de los centros de datos estaban localizados en países desarrollados y China, mientras África albergaba menos del 1%. La organización describe esta concentración de capacidad informática como una nueva fuente de desigualdad económica y política.

Esta semana, representantes de países en desarrollo reclamaron precisamente en Naciones Unidas mayor participación en las reglas que determinarán el futuro de la IA. Su temor es convertirse simplemente en consumidores de tecnologías, estándares y decisiones creadas en otros lugares.

Eso no significa que cada país necesite construir su propio modelo gigante.

El Banco Mundial sostiene lo contrario: para muchos será más sensato adaptar herramientas existentes a sus idiomas, instituciones y necesidades.

Pero utilizar una tecnología no equivale a controlarla.

Dependencia también es poder.

Si las escuelas, empresas, administraciones y hospitales de un país dependen de unas pocas plataformas extranjeras, decisiones tomadas a miles de kilómetros pueden afectar su economía.

La nueva brecha global quizá no se mida únicamente en renta.

También podría medirse en quién posee los chips, quién controla los modelos, quién puede pagar la electricidad necesaria para ejecutarlos y quién simplemente pulsa “aceptar”.

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