La inteligencia artificial suele presentarse como una tecnología limpia, ligera, casi invisible. Una pregunta en el móvil, una imagen generada en segundos, un texto automático, una búsqueda más rápida. Pero detrás de esa sensación de magia hay algo muy físico: centros de datos, electricidad, chips, refrigeración, suelo y agua.
Un nuevo informe del Instituto Universitario de Naciones Unidas para el Agua, Medio Ambiente y Salud advierte de que, para 2030, los centros de datos que sostienen la IA podrían consumir 945 teravatios hora de electricidad y generar una huella hídrica de 9,3 billones de litros de agua. Esa cantidad equivale a las necesidades domésticas básicas anuales de 1.300 millones de personas en África subsahariana.
El dato golpea porque desmonta un mito: lo digital también pesa. La IA no flota en una nube abstracta. Vive en enormes infraestructuras que necesitan energía para funcionar y agua para refrigerarse o para sostener la producción eléctrica que las alimenta.
Reuters resume la advertencia de los investigadores de Naciones Unidas: los centros de datos podrían duplicar su consumo de energía y agua para 2030 por la expansión de la inteligencia artificial. En 2025 ya consumieron unos 448 TWh de electricidad y 4,5 billones de litros de agua, según el informe citado por la agencia.
La pregunta no es si la IA puede ser útil. Puede serlo en sanidad, educación, investigación, accesibilidad o gestión de emergencias. La pregunta es quién decide su expansión, con qué límites y sobre qué territorios cae el coste ambiental.
Greenpeace Internacional también ha advertido de que el boom de la IA se vende como progreso inevitable, pero detrás hay centros de datos, demanda energética, estrés hídrico, fabricación de chips y extracción de minerales.
Una IA justa no puede construirse como si el agua fuera infinita. Menos aún en un planeta donde millones de personas siguen sin acceso seguro a agua potable, mientras las grandes tecnológicas compiten por levantar más centros de datos.