Francia ha vivido una de sus jornadas de protestas más tensas de los últimos años. Lo que comenzó como una movilización contra el coste de la vida, el deterioro de los servicios públicos y los problemas de la educación terminó derivando en enfrentamientos, saqueos, incendios y ataques contra edificios públicos en distintas ciudades.
La movilización reunió a cientos de miles de personas. Las estimaciones sitúan la participación entre 550.000 y 800.000 manifestantes en alrededor de 500 puntos del país. Entre ellos había estudiantes, sindicatos, agricultores, funcionarios y antiguos ‘chalecos amarillos’.
En algunos lugares, grupos violentos aprovecharon las concentraciones para asaltar comercios, incluidos establecimientos de productos de lujo, y provocar destrozos. También se registraron ataques contra edificios públicos, barricadas y enfrentamientos con la Policía. En total, las autoridades llegaron a contabilizar más de 1.200 detenidos y al menos 150 agentes heridos.
Uno de los episodios más graves ocurrió en Limoges, donde un incendio provocó graves daños en el histórico Ayuntamiento, construido entre 1876 y 1883. El fuego afectó especialmente a la cubierta y llegó a provocar el colapso de parte del edificio.
El Gobierno francés ha condenado los actos violentos y ha señalado la participación de grupos de ultraizquierda y delincuentes, mientras los sectores de la oposición y algunos movimientos sociales cuestionan la respuesta policial.
La protesta refleja un malestar social creciente en Francia, donde el aumento de los precios, la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro de determinados servicios públicos se han convertido en importantes focos de conflicto.





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