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Las últimas décadas han estado marcadas por conquistas históricas que han transformado nuestra sociedad. El mayor acceso al empleo, la conquista de espacios de poder, el control sobre el propio cuerpo y las leyes de protección frente a la violencia han dibujado un horizonte más justo. Sin embargo, estos avances no son inmunes a las corrientes políticas de ultraderecha, que hoy cuestionan y debilitan los pilares de la igualdad de derechos.
Detrás de discursos que apelan a los «valores tradicionales», se esconden propuestas que amenazan de forma directa la línea de flotación del progreso feminista. La negación explícita de la violencia de género, el rechazo a las cuotas que rompen los techos de cristal y la ofensiva contra el derecho al aborto no son anécdotas; son estrategias integrales para devolver a la mujer a un papel subordinado. Incluso voces que pertenecieron a estas cúpulas neofascistas, como la exdirigente Macarena Olona, han terminado por denunciar públicamente el profundo machismo arraigado en sus estructuras de poder.
Comprender este escenario es vital. El cuestionamiento de la igualdad de derechos no solo afecta a las mujeres, sino que empobrece la calidad democrática de toda la ciudadanía. Cuando se erosionan las libertades de una mitad de la población, se debilita el bienestar común.
La respuesta ante este retroceso no es la resignación, sino el compromiso activo. La equidad ya forma parte de la conciencia social de millones de personas que actúan como dique de contención. Blindar lo conseguido y seguir avanzando exige una ciudadanía vigilante, educada en el pensamiento crítico y dispuesta a tejer redes comunitarias de apoyo. La igualdad no es una amenaza para nadie; es la base imprescindible para el progreso y la justicia social de nuestro tiempo.